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     Una noche con Marilyn


Douglas Kirkland saca a la luz, después de 40 años, las fotografías que hizo a la diva nueve meses antes de morirse
RUBEN AMON.

MILAN. Hay una foto estremecedora, al fondo de la sala, a la izquierda, en la penumbra, que representa el rostro de Marilyn Monroe con la expresión de una mueca funeraria. Las sábanas blancas de seda recubren púdicamente el cuerpo de la diva como si fueran los pliegues rígidos e inexpresivos de una mortaja.

¿Viva o muerta? Ninguna de las dos cosas, o las dos cosas. Quedaban nueve meses para que un médico forense certificara la defunción de Marilyn Monroe en su apartamento de Los Angeles, pero la imagen de Douglas Kirkland tiene el aspecto inquietante de una premonición.

Es la primera vez que trascienden públicamente los pormenores de la última sesión fotográfica a la que accedió a someterse el mito. Douglas Kirkland decidió guardarlas en un cajón familiar y ha esperado 40 años antes de mostrárselas definitivamente al público, porque pensaba que aquella jornada memorable era cosa de dos, una especie de secreto, parcialmente revelado al semanario Look.

La atmósfera

«Sucedió el 17 de noviembre de 1961. Recuerdo que las horas transcurrieron con lentitud inexorable hasta que apareció ella, deslumbrante.Me dijo: 'muchacho, solo necesitamos una cama, unas sábanas blancas y una botella de champagne', recuerda Douglas Kirkland como si la cita hubiera tenido lugar hace unas horas.

Una noche con Marilyn Monroe es el título de la exposición que ahora saca a la luz una selección de 70 retratos inéditos, amén de otras fotografías que reproducen la atmósfera de aquella sesión: una botella de Dom Perignon, un paquete de Marlboro, un camerino desvencijado, un camastro al nivel del suelo y unos cuantos discos de Frank Sinatra.

La voz de La Voz acompaña a los visitantes de la muestra como un símbolo de aquella edad perdida. Marilyn Monroe no representa el papel de una pantera ni de una diva estereotipada. Al contrario, Douglas Kirkland tuvo el mérito de presentarla humana. Tan humana que algunas fotografías delatan el estadio depresivo, mientras que otras imágenes redundan en la sensualidad, en el placer, en el dolor.

«El tono decidido de sus palabras», recuerda Kirkland, «resonaba mágico en mis oídos. Un segundo después la puerta se cerró de golpe. Estábamos solos. Yo y Marilyn. Ella tumbada delante de mí, dispuesta a seguir mis instrucciones. No sabía que esperaba.¿Qué debía hacer yo? Me protegí con la cámara y comencé a disparar».

Douglas Kirkland ha pretendido demostrar, secuencia a secuencia, la fragilidad del mito, sobre todo para reivindicar la condición humana del personaje, igualmente frágil, desamparado. Las sábanas blancas recubren el cuerpo desnudo de la mujer, unas veces para devolverle la pureza perdida, otras para protegerla, y, en algunas ocasiones, inconscientemente, para embalsamarla como a una faraona.

No es extraño que el comisario milanés haya concebido la exposición en un sótano, recubierto de paredes negras, al que se accede después de haber recorrido impacientemente los peldaños de una escalera de caracol. Podría tratarse de una cámara funeraria, de un templo pagano. Podría tratarse de Marilyn Monroe.

Una voz alegre

«Tenía una voz alegre», recuerda Kirkland, «muy distinta de ese hilo de voz sensual que yo mismo me esperaba después de haberla escuchado en tantas películas. Y tenía la impresión de encontrarme ante una persona de verdad, no ante una diva. Cuando la miraba a los ojos, cálidos y virginales, me sentía reconfortado, escrutado, más desnudo que ella misma».

La sesión se prolongó toda la noche. Es más, Douglas Kirkland sostiene que ambos hicieron el amor sin desnudarse ni tocarse.Bastaba hablar, sugerir, susurrar, manejar la cámara sin sobresaltos.«Después, a un cierto punto, mirándome de arriba hacia abajo, me dijo: 'Douglas, ¿por qué no vienes aqui?'»



           


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