© etxekar.net /NOTICIA

El aprendizaje de la libertad y la dignidad humanas

Yo quisiera que todos los periodistas fueran como él: crítico, agudo, irónico. Y, sobre todo, comprometido civilmente hasta el límite con el lenguaje: el instrumento de máxima expresión de la Humanidad, tan frecuentemente degradado por los usos banales de los medios de comunicación, o distorsionado por los intereses de los distintos focos de poder.

Ese compromiso crucial con el lenguaje da unidad a toda la trayectoria literaria de Enzensberger, notable poeta, pero sobre todo uno de los más atentos críticos de la cultura de masas de nuestro tiempo. Heinrich Böll, el gran novelista cristiano que lo mismo que Enzensberger formó parte del Grupo 47, escribió que el idioma alemán había quedado tan contaminado por la utilización propagandística y criminal que los nazis habían hecho de él que era necesaria una profunda labor de terapia para poder devolver a frases y palabras un uso no contaminado.Un espíritu similar impregna de principio a fin la trayectoria de Enzensberger, que en su magnífico Detalles (1962) afirmaba: «El gobierno de Hitler acabó con la prensa alemana».

Pero, siguiendo ese hilo conductor: la idea del compromiso moral de quienes detentan el lenguaje a través de su uso potenciado al máximo en los medios de comunicación, mostraba cómo las pretensiones de «objetividad» y «neutralidad» de los medios, rara vez es real.

En su análisis del diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung criticaba ásperamente su doblez y ambigüedad, su «lenguaje a la vez arrogante y pedestre, lleno de dignidad y de servilismo, de honorabilidad y de cinismo». Durante los años 60 y 70, esa posición crítica le llevó a asumir posiciones marcadamente izquierdistas, cuyo cauce principal de expresión fue la revista Kursbuch, de la que sería su principal animador. Pero de nuevo en este caso reaparece su inconformismo y su sentido crítico. Por ejemplo, al poner en tela de juicio las afirmaciones de la «muerte de la literatura», y rechazar las reducciones de lo literario a mero producto tecnocrático, o a simple instrumento de agitación.

Con la primera reducción identificaba a movimientos vanguardistas entonces en boga, como Tel Quel, en Francia, o el Grupo 63, en Italia. Con la segunda, aludía a Régis Debray en su época de guerrillero en Bolivia.Enzensberger sostenía que los cambios en la situación política de Alemania y de Europa habían sido tan profundos que ya no tenía ningún sentido hablar de «literatura revolucionaria», y mucho menos invocando desde Europa el maoísmo o la guerrilla.

Enzensberger llegó a concretar sus posiciones en algo muy próximo a un slogan de acción a la vez cultural y política: «La alfabetización política de Alemania es un proyecto gigantesco. Obviamente, como toda empresa de ese género, debería comenzar con la alfabetización de los alfabetizadores». Si cambiamos «Alemania» por un escenario cada vez más global, podemos advertir hasta qué punto su diagnóstico era acertado: sin modificar en profundidad los procedimientos habitualmente distorsionadores y alienantes de unos medios de comunicación crecientemente expansivos y sofisticados, el destino de la libertad y de la justicia se verá comprometido.

Ese espíritu crítico e inconformista, esa agudeza para señalar tanto la falta de acierto de las posiciones supuestamente progresistas como la acción distorsionadora de las instituciones educativas y de los medios de comunicación, se ha mantenido como una constante a lo largo de su trayectoria. Recuerdo, por ejemplo, un lúcido artículo en el que relataba los problemas que le había causado con su carnicero que sus obras fueran incluidas entre las lecturas obligatorias de los estudiantes de enseñanza media en Alemania. La conclusión era de largo alcance: ni la literatura ni la lectura pueden convertirse en obligaciones, pues eso significa destruir su nexo profundo con el aprendizaje de la libertad.

Y en sentido similar hay que interpretar su más reciente El diablo de los números. Las matemáticas son algo abstruso para tanta gente no por una cualidad intrínseca, sino por la inadecuación de las formas de enseñanza y aprendizaje de esta ciencia, tan elevadamente conceptual e imaginativa.

Se trata así, en último término, de reintegrar su auténtico valor a todo aquello que constituye el núcleo de la libertad y la dignidad humanas: el lenguaje y la comunicación, la educación y la cultura.

José Jiménez es catedrático de Estética de la Universidad Autónoma de Madrid.

 

 

© etxekar.net /NOTICIAS